Mi primer año como portero de fútbol fue un año que me cambió en muchos sentidos. Aunque empecé algo tarde —en infantil de segundo año, a los 13— aquella temporada fue muy beneficiosa para mí. Me enseñó muchas cosas, y especialmente, el fútbol me enseñó tres conceptos clave… todo en un solo partido.
Jugábamos en el Infantil A del club de mi pueblo. Un equipo que competía en primera y donde todos éramos 2009. No estábamos arriba en la tabla, más bien en zona media-baja, pero teníamos la suerte de contar con el mejor jugador de la liga. El pichichi. Y eso que casi siempre jugaba como media punta, no como delantero. Con él, sentíamos que podíamos competir contra cualquiera.
Pero la temporada no fue como esperábamos. Entre lesiones, mala suerte y un arranque flojo, llegamos a las últimas jornadas peleando por no bajar. La penúltima, la jornada 29, era decisiva: si perdíamos, descendíamos. Y nos tocaba jugar contra el líder invicto de la liga, en su campo. Un equipazo, con jugadores que hoy están en División de Honor. Para más presión, su delantero también era rival directo de nuestro crack por el trofeo de máximo goleador.
Estábamos nerviosos, sí. Pero no por sentirnos inferiores, sabíamos que teníamos nivel para ganar. Y, de hecho, el equipo hizo un partidazo. Jugamos perfectamente, pero nuestro jugador estrella falló tres ocasiones clarísimas. Una de ellas sin portero. Otra solo contra él.
Y entonces, a pocos minutos del final, su delantero se elevó entre todos y nos marcó un golazo de cabeza. 1-0. Partido perdido. Y descenso.
Fue durísimo. Pero aprendí muchas más cosas de ese partido de lo que jamás imaginé. Aquí van tres que nunca se me olvidarán.
1. El fútbol es un deporte de equipo. En todos los sentidos.
Lo primero que entendí es que no importa cuánto destaque un jugador, si todo el equipo juega para él, en vez de con él, hay un problema.
Nosotros habíamos construido nuestro sistema para aprovechar a nuestra estrella. Pero cuando él no apareció… no supimos reaccionar. Messi y Cristiano brillaban, claro. Pero si ves sus mejores partidos, no solo eran regates y goles. Era cómo entendían el juego, cómo se asociaban, cómo hacían jugar al equipo. Eso es jugar con el equipo. Eso es crecer juntos.
Y nosotros, aunque entrenábamos duro, no sabíamos hacerlo.
2. Hay cosas que no dependen de ti.
Este fue uno de mis mejores partidos. Lo sentí así. Paré mucho, me sentí bien… pero aún así encajé un gol.
Mi entrenador y yo siempre apostábamos flexiones por hacer una portería a cero. Pero ese día, aunque hiciera todo bien, no dependía solo de mí. El rival era fuerte, y la marca al delantero no fue suficiente.
No era culpa de nadie. Solo del fútbol. Y hay que saber convivir con eso también.
3. Nunca hay que rendirse. Jamás.
La lección más grande de ese partido fue esta: aunque todo esté en contra, hay que seguir luchando. Hasta el final.
Porque siempre hay algo más que puedes hacer. Siempre puedes dar un poco más. Y cuando lo haces, aunque pierdas, te quedas en paz.
Las lágrimas de ese día no fueron por culpa ni por rabia. Fueron por perder una categoría. Pero dentro de mí, sabía que lo había dado todo. Y eso te forma. Te hace más fuerte. Te prepara para lo que viene después.
Ese partido fue un antes y un después. Un partido que jamás olvidaré.
Si quieres que te cuente más cosas que aprendí en mi primer año como portero, o cómo fue empezar tan tarde en el fútbol, déjamelo en comentarios.

